Ahogados en el Dhamma Negro

Copyright © 2020 Tomás Morales Duran. Todos los Derechos Reservados

Bonito panorama es el que le presenta el Mahabrahma al Buddha al pedirle que enseñe:

«Ha aparecido en Magadha antes de ti,

Un dhamma podrido ideado por mentes inmundas.

Abre la puerta de inmortalidad;

que escuchen el Dhamma visto por el inmaculado.

Como desde un peñasco en la cresta de la montaña,

Un hombre podría mirar a la gente a su alrededor,

De la misma manera, ¡Oh omnisciente!, ¡oh sabio!,

Sube al Palacio del Dhamma.

Tú que estás libre de dolor, mira a todas esas almas en pena

Hundidas en el dolor, oprimidas por el nacimiento y la vejez.

¡Levántate victorioso! ¡Conquistador en la batalla!

Lidera la caravana, sal al mundo.

Que el Sublime enseñe Dhamma;

Habrá quienes lo entiendan».

Para que aparezca un Sammasambuddha es condición necesaria que el Dhamma del Buddha anterior se haya corrompido, un dhamma podrido ideado por mentes inmundas.

Y ahí los tienes, como ratas enajenadas en busca de sexo y comida, guiados por espectros del Māra, pastores que vigilan que ninguna se les escape. No saben por qué viven, no saben para qué viven, no saben donde están, no saben quiénes son, no saben dónde van. Nacen como mueren, mueren como nacen. Y son muchísimos.

Tienen ojos para no ver y oídos para estar sordos. Almas en pena vagando desde ninguna parte, preocupadas solo por mantenerse en la vereda, recibiendo el castigo sin levantar la cabeza.

Chillan como arpías cuando se les sacude para que abran los ojos. Un grito agudo que concentra el dolor de múltiples vidas que escupe la bilis del odio que atesoran. Y siguen en su círculo vagando vida tras vida.

Si alguno hace el gesto de levantar la cabeza, rápidamente queda rodeado por los inmundos que le atiborran de dosis nocivas de su dhamma negro, hasta que comienzan a vomitar sus consignas: «Sāti», «generosidad», «pāramitā», «compasión«, «hacer el bien», «vida eterna», «felicidad», «vipassana», «atención plena», «Shinkantaza», «zen», «Mahāyana», «nichiren», «theravada», «dalái», «tinaja», «ajancha», «mettā»…

Conferencian sin saber qué chillan, sin saber que están chillando, sin oírse, sin saber que les estoy oyendo. Mientras los pastores del Māra, bien cebados, dándose el festín a costa de estos descerebrados que les engordan y pagan sus vicios mientras hacen tiempo para regresar al infierno de donde no deberían haber salido.

—Y ¿ahí es donde quieres que me meta?

—Hombre, alguien habrá.

—Bien me lo pones…

—Es lo que hay.

—Huele mal por aquí.

—A infierno.

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