El Budina de Sangre




Hace poco más de un mes, el pasado 2 de julio, la República de la Unión de Myanmar sufrió el accidente minero más mortal de su historia, que sepamos. Un deslizamiento de tierra mató al menos a 174 mineros, otros 100 desaparecieron y 54 más resultaron heridos. El accidente ocurrió en la que es la mayor mina de jade del mundo situada en la pequeña ciudad de Hpakant al norte del país, en medio de una de las selvas más inhóspitas e infestadas de malaria del mundo. Aislada varios meses al año durante los monzones y que tiene la mala fortuna de producir la jadeíta de mejor calidad del mundo.

Como sucede en otros lugares, para los habitantes de Hpakant su mayor riqueza es su condena. El accidente de julio no fue el primero ni será el último. El año pasado otro deslizamiento mató a 54 mineros. En 2015 fueron 116 personas las que perdieron la vida en otro accidente. Los lugareños aseguran que en el año 2000, mil mineros se ahogaron cuando durante una inundación las aguas del río Uru se precipitaron hacia las minas subterráneas, pero que las autoridades silenciaron la noticia.

Y siguiendo hacia el pasado descubrimos que la aldea original de Hpakant se estableció por primera vez en 1832, y poco después fue destruida por un deslizamiento de tierra.

La palabra Hpakant en el idioma local zhang significa “caída de rocas” así que los locales ya están prevenidos de lo que puede pasar,

¿Por qué se repiten los accidentes? ¿Por qué no se establecen mejores condiciones de seguridad en las minas? ¿Por qué se arriesgan los mineros?

Por lo de siempre: la avaricia de unos y la miseria de otros.

El comercio del jade está controlado por las élites militares, los capos narcotraficantes y compañías compinchadas con estos para encubrirlos. Mientras estas redes producen enormes ganancias la gente local sufre abusos terribles y ve como su herencia natural es arrancada bajo sus pies. Estas injusticias avivan los disturbios en una región inestable y volátil.

El jade de estas colinas es el más valioso del mundo. Una investigación llevada a cabo por la ONG internacional Global Witness hace cinco años estimó la producción de jade en la región, sólo en 2014, en 31.000 millones de dólares la cifra fue el equivalente al 48% del producto interior bruto oficial de Myanmar y 46 veces el gasto gubernamental en salud de ese año. Un dinero que el país necesita con urgencia, pero del que casi nada llega a la gente común ni a las arcas estatales.

Los accidentes se repiten porque las condiciones de las minas son precarias y las condiciones son malas porque los propietarios de los yacimientos se apresuran a explotarlos y acumular beneficio antes que tomar precauciones y establecer medidas de seguridad.

¿Por qué las prisas?

Porque los propietarios más importantes son militares que han corrido a acumular riqueza antes que la democracia pudiese quitarles su posición de privilegio.

A finales de 2015 hubo elecciones en Myanmar y el 15 de marzo de 2016 Htin Kyaw fue elegido como el primer presidente no militar desde el golpe de estado de 1962. Myanmar acababa con más de 50 años de liderazgo militar. Se veía venir desde hacía tiempo que la Liga Nacional para la Democracia liderada por Aung San Suu Kyi arrasaría en las elecciones. Los militares se apresuraron a explotar sus minas antes del cambio hacia la democracia, pero tras las elecciones, debido a los numerosos conflictos internos que tiene Myanmar, la cúpula militar y el ejército parecen haber mantenido sus privilegios y pocos se atreven a discutírselos.

La industria de jade de Myanmar está sumida en el secreto. La gente común no puede acceder a los datos básicos sobre qué compañías tienen licencias de minería, quiénes son los verdaderos dueños de esas compañías, cómo se asignan las licencias, cuáles son los términos de sus contratos, lo que le pagan al gobierno y cuánto están produciendo. Todo ello es para que no se preste atención a quién se está beneficiando realmente de la fiebre del jade.

Myanmar produce más del 70% del suministro mundial de jadeíta de alta calidad. La mayor parte de esta jadeíta se exporta a otras naciones, principalmente asiáticas. Gran parte de la producción la lleva a cabo Myanmar Gem Enterprise (MGE), una empresa estatal que tiene suficientes activos líquidos para funcionar durante 172 años.

El sistema de licencias de jade de Myanmar está abierto a la corrupción y el amiguismo. Las principales concesiones van a parar a personajes de los días más oscuros del gobierno de la Junta Militar. Éstos incluyen el ex dictador militar Than Shwe, el ex secretario general del partido gobernante Maung Maung Thein y el ex ministro de gobierno y ex alto general en el estado de Kachin, al que pertenece Hpakant, Ohn Myint. Este último, el ex ministro Ohn Myint, además de desempeñar un papel fundamental en el gobierno de Myanmar hasta 2016, se hizo conocido por sus amenazas de abofetear a la gente. Otras figuras militares clave incluyen ex generales y ex miembros del gobierno.

Se estima que más de 100 minas de jade activas están controladas por no más de 15 individuos conectados con el ejército. La ONG Global Witness, en su investigación de hace cinco años, sugiere que los políticos corruptos y los empresarios conectados habrían robado aproximadamente 122.800 millones de dólares de jade en la última década, lo que constituiría el mayor robo de recursos naturales del mundo en la historia moderna.

Para quien quiera adentrarse en la red de empresas pertenecientes a las familias de estos militares nombrados u otras pertenecientes a capos del narcotráfico como Wei Hsueh Kang, por quien el gobierno de los Estados Unidos ofrece una recompensa de 2 millones de dólares, y marearse con las cifras de sus ganancias, dejo un enlace al informe de Global Witness, en el que el esta entrada está basada.

Los habitantes de Hpakant, a pesar de caminar por encima de un tesoro, viven en la miseria. La mayoría de quienes participan en la industria de jade son recolectores independientes que recogen los desechos de los operadores más grandes y que viven en cuartos destartalados en la base de grandes montículos de escombros excavados por maquinaria pesada. El resto de los lugareños está viendo desaparecer sus medios de vida y su paisaje, destrozado por la intensificación de la lucha por su activo más preciado.

Aquellos que se interponen en el camino de las armas y las máquinas enfrentan la confiscación de sus tierras, la intimidación y la violencia.

Violencia es algo que no falta en Hpakant. Como si fuese una ciudad minera del viejo Oeste americano, Hpakant ha sido denominada Wild Wild West, el salvaje salvaje Oeste. Un lugar repleto de alcohol, de juegos de azar, prostitución y guaridas de opio.

La atmósfera del salvaje oeste se ve reforzada por los combates en curso entre el Tatmadaw, como se conoce al ejército birmano, y un grupo llamado Kachin para la Independencia (KIA). Los Kachin, en su mayoría cristianos, están enfrentados con el gobierno de la mayoría étnica budista Bamar. Es un motivo de orgullo entre esta gente de la frontera que mientras algunos Bamar colaboraron con los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, los Kachin lucharon en el bando aliado, ensartando collares en las orejas de los japoneses muertos. En 2011, se derrumbó un alto el fuego de 17 años con el gobierno birmano, que se enfrenta a nuevos combates en varios bastiones étnicos.

Las escaramuzas estallan cerca de Hpakant; más de 100.000 Kachin se han visto obligados a huir de sus hogares. Ambos ejércitos han usado minas terrestres, niños soldados, violación y torturas.

Tan espesa es la jungla cerca de las minas de jade que el KIA usa elefantes para reabastecer sus bases avanzadas. La tierra está salpicada de minas terrestres. En febrero, el KIA afirmó que el ejército birmano había lanzado una ofensiva cerca de Hpakant, incluso cuando Suu Kyi estaba presionando a grupos étnicos armados para que firmaran un acuerdo nacional de alto el fuego.

Ambos lados del conflicto están usando jade para llenar sus cofres de guerra. Los carroñeros de jade, la mayoría de los cuales no son de etnia Kachin, se quejan de que desde que se intensificaron los combates, el KIA ha aumentado el impuesto que les hace pagar vendiendo piedras a intermediarios. “El KIA dice que es su tierra, así que tenemos que darles dinero”, dice Aung Thar Tun, un recolector de jade en la mina Kayin Gyaung que vive bajo una lona con su sobrino de 15 años, otro carroñero. "Si no pagamos y sus informantes se enteran, nos dispararán".

Funcionarios de alto nivel de la KIA reconocen que los impuestos sobre el jade son la principal fuente de fondos del grupo armado. Pero son el Tatmadaw y sus compinches los que están obteniendo recompensas mucho mayores de la herencia enjoyada de Kachin.

Es difícil resolver el conflicto con el jade de por medio. Las familias y compañías del ejército que poseen muchas de las minas de jade perderían en un acuerdo de paz equitativo. Tienen el incentivo financiero y posiblemente el alcance político para mantener el conflicto hasta que se pueda garantizar el control a largo plazo del gobierno central sobre Hpakant. El mismo incentivo tienen los oficiales del ejército en el estrado de Kachin, que están haciendo fortunas personales mediante la extorsión del negocio de jade. Ellos se enriquecen mientras haya guerra. La principal fuente de ingresos para el ejército de los independentistas también es el jade. Además, para ellos ver a las compañías con licencia, controladas por sus peores enemigos, engullir su herencia natural es una fuente de resentimiento.

Como dicen los lugareños de Kachin: “El árbol está en nuestro jardín, pero no se nos permite comer la fruta”. Es muy poco probable que un acuerdo de paz que no aborde de manera significativa la posición de quien administra y se beneficia del jade del estado de que Kachin sea duradero.

Las empresas locales, ya sean Bamar o Kachin, a menudo solo son representantes de las empresas chinas que no pueden poseer minas legalmente, dicen los investigadores de la industria y los concesionarios de Hpakant. Tan profunda es la conexión con China que la palabra mandarín para jefe, laoban, ha entrado en el vocabulario de Hpakant. “De todo el cabello de la cabeza de la industria del jade”, dice el propietario de una pequeña mina, “solo una pelo es birmano. El resto son todos chinos”. Existe un creciente sentimiento de frustración en Myanmar de que China pueda estar robando su patrimonio. En los últimos años, han estallado manifestaciones sobre un proyecto de represa y una mina de cobre controlados por China. Pero debido a que el negocio del jade es tan opaco, es difícil para los birmanos saber contra qué protestar. “Todo el mundo sabe que los chinos controlan casi todas las minas de jade”, dice Lamai Gum Ja, el activista de Kachin que también está involucrado en el comercio.

En la aldea Lone Khin de Hpakant, los compradores chinos acuden en masa al mercado de jade al aire libre más grande del mundo. La campaña anticorrupción de Beijing ha provocado una caída en los precios del jade, ya que el consumo conspicuo asume un riesgo político, pero todavía hay muchos especuladores. Los carroñeros se acercan sigilosamente, las palmas sucias agarrando las rocas sucias. Cada venta es una apuesta. Los trozos de jadeíta, a diferencia de la nefrita más común, que se considera un jade inferior, se asemejan a huevos de color barro. Los compradores hacen todo lo posible para adivinar lo que hay dentro, golpeando con cuidado una piedra o sosteniendo una linterna en el caparazón para comprobar qué colores brillan debajo. Ningún gobierno registrará ninguna de estas transacciones.

Si un comprador no tiene suerte, una línea de falla estropeará la claridad. Pero el valor del mejor jade puede rivalizar con el de los diamantes. En 2014, un collar de 27 cuentas, que alguna vez fue propiedad de la heredera de Woolworth, Barbara Hutton, se vendió en una subasta por 27 millones de dólares, más del doble del precio de salida. En una nota del catálogo, Sotheby's dijo con entusiasmo que las cuentas eran “redondas y suculentas en forma y color, como deliciosas uvas bajo la cálida luz del sol, brillando a través de sus finas pieles, exuberantes y suaves, alegrando el espíritu de quien las mira”.

Tal pasión por el jade ayuda a explicar por qué en menos de una década el número de mineros salvajes en Hpakant se ha duplicado, a medida que más montañas se reducen a escombros listos para la prospección. El uso de drogas y las enfermedades también se han disparado. Los residentes de Hpakant estiman que la adicción a la heroína afecta del 75% al ​​90% de los recolectores de jade. Y las agujas casi siempre se comparten. La heroína vuelve a venderse abiertamente en las calles, después de que a comienzos de la década de los 90 el gobierno militar detuviese tanto a los adictos como a los traficantes de droga, los llevase hasta el cercano río Uru, los fusilase y arrojarse a sus aguas.

El breve gobierno democrático de Myanmar algo hizo. Por un lado incluyó a Myanmar dentro de la iniciativa para la transparencia de las industrias extractivas, un marco internacional para combatir la corrupción en los negocios de petróleo, gas y minería que es apoyado por los Estados Unidos, el Reino Unido, Noruega, Australia y los países de la Unión Europea. Por el otro, también han iniciado conversaciones de paz con la resistencia independentista.

Sin embargo, la respuesta militar golpista no puede ser más explícita. Las autoridades de Myanmar condenaron al ex primer ministro del estado de Kayin, Nang Khin Htwe Myint, de la Liga Nacional para la Democracia (LND) a 75 años de prisión por cargos de “corrupción”. Ya fue condenado a dos años de prisión en agosto por “difamación estatal”. También el ex miembro de su gabinete, Than Naing fue condenado a 90 años de prisión por seis cargos separados bajo la Ley Anticorrupción. Ambos reaccionaron con calma a la sentencia, ya que estaban esperando una sentencia dura, por lo que no parecían estar en shock. Los observadores dicen que el duro castigo tiene como objetivo socavar el liderazgo de la LND.

Los acontecimientos se produjeron en medio de la represión de las Fuerzas Armadas de Myanmar contra el gobierno de la LND elegido democráticamente, que la Junta derrocó en febrero. En los últimos días, la Junta también bombardeó y destruyó las oficinas de la LND. Mientras tanto, el país asiático ha estado en crisis desde el golpe de Estado del 1 de febrero, cuando los militares dirigidos por el general superior Ming Aung Hlaing derrocaron al gobierno civil y declararon el estado de emergencia durante un año. El golpe desencadenó protestas masivas y se enfrentó a una violencia mortal. Hasta el miércoles, el ejército ha matado al menos a 1.252 personas y ha arrestado a 9.979 en el país.

EEUU puso de su parte con sus sanciones en el pasado. Su ley JADE que prohibía la importación de jade fue diseñada originalmente para detener a los miembros del régimen birmano y sus compinches de financiamiento de sus continuas violaciones los derechos humanos, las políticas antidemocráticas y las actividades militares. Pero el presidente Obama levantó las sanciones a finales de 2016 con la llegada de la democracia.

Myanmar, la antigua Birmania, es a día de hoy un país fuertemente sancionado por Occidente, pero no debido a la explotación del jade, sino debido a la crisis de los refugiados rohingyas. En cualquier caso las sanciones de las naciones occidentales contra los mercados de piedras preciosas birmanas han sido principalmente ineficaces en el caso del jade, ya que gran parte de la demanda de jade birmano es alimentada por China que no participa en las sanciones. Como en otras ocasiones, China hace caso omiso de sanciones que tengan que ver con violaciones de derechos humanos y es el principal recipiente del jade de Myanmar. El jade de las montañas del estado de Kachin, el jade Hpakant, es el mejor jade del mundo. Con un precio promedio de más de 13.000 dólares por kilogramo y con piezas que pueden alcanzar el valor de millones.

El jade le está sirviendo a la Junta Militar y a sus compinches para lavar su imagen en las mismas narices de sus enemigos cristianos. Hace unos meses, sus operadores se aliaron con las autoridades españolas para hacer el anuncio de la construcción de lo que llamaron la «estatua del Buda más alta del mundo», toda ella de jade, cedido «gentilmente» por los militares birmanos como símbolo de amor y compasión, hermanando Myanmar con Occidente. Inicialmente rechazada por el Ayuntamiento de Madrid, recaló en uno de los mayores nidos de corrupción de Europa, dispuestos a abolir todo tipo de protección medioambiental para que este «budina de sangre» luzca bien visible desde un cerro, hasta ahora protegido, para vergüenza de la comunidad internacional.

Aquí, como en otras partes, hay riqueza suficiente para todos. Pero la avaricia y la ignorancia de unos condena a los otros a la miseria. Hpakant se convierte en un lugar horrible para sus lugareños que han visto como sus montañas desaparecen ante sus ojos para convertirse en una mina a cielo abierto a cuyas colinas se agarran a diario rebuscando un trozo de jade para seguir tirando. Así hasta que el siguiente deslizamiento les arrastre y acabe con su miseria. Hay quien encuentra consuelo pensando que, al menos, el entierro le va a salir gratis.



ENLACE: https://www.globalwitness.org/jade-story/

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